21 Feb 2011

Te declaramos nuestro odio, magnífica ciudad

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Foto: Google

EL UNIVERSAL                    Héctor de Mauleón (Opinión)                    21/02/11

 La última encuesta sobre la calidad de vida en la ciudad de México refleja el pavoroso estado de ánimo de 20 millones de personas atadas a la suma de tragedias cotidianas: como en el gran poema de Efraín Huerta, odiamos la ciudad. Según la Coordinación de Investigación y Opinión Pública de El Universal, el 88% de los metropolitanos cree que los medios de transporte y el nivel de seguridad son totalmente insuficientes. El 80% cree que el trabajo de las delegaciones es igual a cero. El 70% opina que sus viviendas son indignas. Odiamos la ciudad: su tráfico, su inseguridad, su corrupción, su ruido, su basura, su contaminación, su pésimo sistema de alcantarillado, su sobrepoblación, sus marchas, sus obras públicas, la falta de solidaridad ciudadana. El 72% de los capitalinos declara detestar, incluso, el aspecto de la urbe. De ser posible, el 59% de la gente se iría a vivir a otro lado.

En 1950, unos años después de que Efraín Huerta hubiera publicado su declaración de odio a la “amplia y dolorosa ciudad”, el Distrito Federal ocupaba una superficie de 22 mil 960 hectáreas. Medio siglo más tarde, la ciudad se extendía a lo largo de 741 mil hectáreas. En el 0.37% del país se asentaba la concentración humana, industrial, comercial y financiera más importante de México. El Centro de Transporte Sustentable informaba que cada habitante de la ciudad pasaba cinco años de su vida en el tráfico (un promedio de dos horas diarias). Las delegaciones centrales, que en 1941 integraban la ciudad del poeta Efraín Huerta, se habían despoblado: desde el último tercio del siglo XX se registraba un crecimiento expansivo hacia las zonas del poniente, el oriente y el sur; un enjambre humano que ocupaba, lentamente, incluso regiones del Estado de México.

En sólo unos años, la Muy Noble y Muy Leal ciudad de México desapareció: surgió en su lugar la Zona Metropolitana del Valle de México, un monstruo mitológico formado por 16 delegaciones y 58 municipios mexiquenses; un engendro que carecía, en amplias regiones, de pavimento, de alcantarillado, de agua potable. Una metrópoli impermeable al Metro, los ejes viales, los viaductos, los periféricos. Los panoramas grises sobre montes superpoblados significaron la transformación del patrón de viajes urbanos: hoy, el 32% de la gente debe atravesar cada día varias delegaciones para llegar a su lugar de estudio o de empleo; un 22% se ve obligada a cruzar —por lo general, en transporte público— los áridos y angustiosos límites que separan el Distrito Federal y el Estado de México. Cálculos conservadores estiman que en la ZMVM se realizan cada día 28 millones de viajes a través de una red de vialidades saturadas que afectan la movilidad, la velocidad, los tiempos, la emisión de contaminantes y la salud de los capitalinos.

El año pasado, en la Encuesta Mundial sobre Calidad de Vida la ciudad de México ocupó el puesto 123 entre 221 ciudades del mundo. Comparados con Viena —la urbe mejor calificada—, reprobamos en contaminación, potabilidad del agua, remoción de deshechos, transporte, vivienda, medio ambiente y salud. Según la consultora Mercer, en materia de salubridad el Distrito Federal se hallaba, en 2007, sólo unos puntos arriba de Bakú, de Azerbaiyán, de Puerto Príncipe. Ese mismo año, otra encuesta reveló que tres ciudades mexicanas poseían los peores niveles de felicidad entre sus ciudadanos: Oaxaca, Acapulco y la ciudad de México.

Las encuestas revelan un estado de ánimo, una actitud. Alguien debería atenderla porque, a pesar de todo, es evidente que hoy se vive mejor en la ciudad de México que en la vieja ciudad que habitaron nuestros padres. Te declaramos nuestro odio, magnífica ciudad, pero —ya se sabe— las ciudades son alternativamente maléficas y vivificantes. Por eso, apenas terminó su “Declaración de odio”, Huerta empuñó la pluma e hizo su “Declaración de amor”. 

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