CRÓNICA Por: René Avilés Fabila 12/09/11
Nunca ningún político mexicano ha dejado de decirnos que somos una nación de leyes, un Estado de derecho, pero la ilegalidad se impone. La teoría no tiene semejanza con la praxis. La venta ambulante está reglamentada y nadie obedece la ordenación; es prohibida en una zona, se mueve dos pasos y todo queda bien. ¿Para qué hablar de la piratería? Las marchas desquician a la ciudad, la contaminan, provocan caos, pérdida de horas-trabajo y nadie se atreve a meterlas en orden. Atenta contra la libertad, dice Ebrard. No importa que atente contra quienes tienen derecho de libre paso. Arbitrariamente cierran calles para festejos inútiles y abren rutas para ciclistas, en una ciudad plagada de automóviles y mal servicio de transporte público. Los capitalinos sufren el autoritarismo del GDF y la tiranía de las minorías. Padecemos un populismo innecesario que ha sido un problema histórico: lo ofreció Santa Anna, lo confirmó Echeverría, más adelante López Obrador lo sacó del cajón del olvido y ahora un playboy llamado Marcelo Ebrard lo entrega a raudales. ¿Dejamos de lado la inseguridad?
Ebrard heredó muchas cosas de sus dos maestros y jefes: del primero, Manuel Camacho, el cinismo, la ausencia de valores y ética, del segundo el gusto por el populismo. Nadie ha bailado tantos valses en el Paseo de la Reforma ni puesto tantas playas artificiales como él. Ahora, como gozoso émulo del presidente Berlusconi, se pasea con guapas mujeres, mientras privatiza lo que halla a su paso no obstante que jura diariamente ser un radical izquierdista. Como está en campaña para derrotar a López Obrador en pos de la candidatura presidencial de “las izquierdas”, ahora Ebrard asume una amable relación con el antes ilegítimo Felipe Calderón, despide a críticos y rivales y consolida su candidatura al menos en parte del PRD, le falta deshacerse de Bejarano y Padierna, esa suerte de civilizados Bonnie and Clyde de la grilla nacional. Dentro de su nueva personalidad, trata de darle a cada quien lo suyo: a Calderón su grito de Independencia el 15 y su desfile militar del 16, a los muchachos del SME, su Zócalo para mantener eternamente la protesta contra Felipe. Algunos dicen que por vez primera no habrá festejos patrios, otros que, como sucedía en Moscú durante la Segunda Guerra Mundial, los soldados, luego de marchar ante el general Calderón, irán directamente al frente de batalla contra el crimen organizado.
Para que los niños disfruten del paso de los distintos cuerpos militares, vean tanques viejos, camiones artillados, paracaidistas, etcétera, Ebrard, Calderón y los líderes del SME están “negociando”. Los irritados electricistas dicen que a lo sumo permitirán una verbena popular el 15 y nada de desfile. Ebrard, salomónico, dice que está buscando una sede alternativa y para ello trata con Blake, el que está en Gobernación, para quienes no lo conozcan. El
Zócalo es tierra de nadie. La calle es de quien se la apropia, las plazas de quienes las toman, un pobre peatón es eso, sólo un pobre peatón que no sabe cómo y cuándo cruzar una calle entre ciclistas, motociclistas, automovilistas, camioneros y microbuseros desesperados. Cuentan las leyendas urbanas que algunos ciudadanos jamás han podido trasponer los cruceros más peligros y han optado por vivir en una calle y allí mismo poner su negocio.
Ah y la basura, quién la recoge. En algunas zonas como Benito Juárez pasan tres o cuatro basureros diariamente con sus respectivos carritos en donde todo cabe porque lo saben acomodar, pero en mis rumbos,
Tlalpan, es imposible encontrar uno, alguien que barra las calles, un camión que pase con orden y puntualidad. Imposible. Higinio Chávez, gente de René Bejarano, está ocupado llevándose lo que pueda por si se quedara desempleado, cosa que dudo, los perredistas han creado un sistema perfecto de empleos: un día son delegados, seis meses después son diputados federales, luego asambleístas y así sucesivamente.
Es posible que el SME, Ebrard y Calderón lleguen a un acuerdo, que sus negociaciones tengan un buen fin y haya noche mexicana el 15 y desfile al día siguiente, enseguida los sindicalistas reestablecerán su campamento. Todos necesitan en estos momentos mostrar su lado bueno, el que poco enseñan. Pero lo que llama la atención de México, DF, es el notable número de leyes que tenemos o padecemos y que ninguna sea tomada en cuenta. Un automovilista se pasa un alto, se arregla por el policía de tránsito, otro atropella a un peatón, llega a un acuerdo con el ministerio público. La venta de mascotas en vía pública está más que prohibida, así como la instalación de puestos de fritangas frente a los hospitales, para dar dos ejemplos comunes. Es algo normal. El delegado de cada zona lo sabe, pero también sabe que eso produce dinero y parte llega a sus manos y la suma de toda esa corrupción es inaudita. No hablamos de unos cuantos pesos sino de millones.
Si usted quiere verbena y desfile, no se preocupe, las negociaciones tendrán un final feliz. Por favor, no deje usted de votar por el “mejor alcalde del mundo”, Marcelo Ebrad, será el mejor presidente del mundo.