20 Feb 2011

La servidumbre voluntaria

EXCELSIOR                   René Avilés Fabila (Opinión)                20/02/11

El DF no está mejor, es un escenario cinematográfico que trata de ocultar la miseria, el narcotráfico y la enorme corrupción. ¿Qué hace el ciudadano para superar los desatinos? No mucho. En el DF los comités ciudadanos son manipulados con descaro.

México no acaba de ser una nación democrática. Ni la alternancia y menos las alianzas PAN-PRD lo han permitido. Nos pesa demasiado la tradición caudillista. Hace un par de semanas, Michelangelo Bovero, perspicaz pensador italiano de la Escuela de Turín, en una conferencia dictada en la FES Acatlán, precisaba que las democracias contemporáneas se han convertido en “autocracias electivas”, donde un guía supremo, designado mediante comicios, asume la responsabilidad de pensar y actuar por nosotros. Precisa: “Si hoy el poder del elector se reduce a la elección del guía supremo (presidente o gobernador), entonces el nexo entre elecciones y democracia está disuelto.”

En todo caso, el ciudadano se imagina libre “porque ha elegido a un jefe carismático”, pero en realidad “se ha vuelto un esclavo”. Algo semejante escribió Trotsky refiriéndose al intelectual: se siente libre aunque abajo del smoking porte el traje de presidiario, cuando sólo es manipulado por el poder.

Una de las paradojas de esta forma de democracia es suponer que el sufragio universal garantiza la democracia. Por regla general se elige a un guía supremo y a un aparato legislativo o parlamento que se dedica a aprobar los proyectos del gobernante. En México, Pablo González Casanova señaló en La democracia en México esta peculiaridad nacional. La inmensa mayoría de las leyes del poder Ejecutivo era aprobada con o sin modificaciones por los parlamentarios. “La democracia —prosigue Bovero— no significa en lo absoluto, gobierno con el consenso del pueblo. Por eso no debemos cansarnos de repetir que las dictaduras que han marcado la historia del siglo XX gozaron por largo tiempo del consenso popular.” Lo mismo fue en Europa que en América Latina.

En apretado resumen, el pueblo elige pero no decide. En las llamadas democracias representativas, el poder queda en manos de una persona. Es verdad, existen contrapesos, partidos políticos que piensan de manera distinta, pero en términos generales se acentúa el control del país en un dirigente. Se llama presidencialismo. En tal caso, no tenemos una gran diferencia entre la monarquía absoluta y la democracia de hoy. Es cierto que el autoritarismo y el caudillismo, de la mano siempre, son evidentes en países como México. Nos parece normal. Pero ¿dónde queda el pueblo una vez que ha sufragado? Es hecho a un lado, es marginado. Seguirán hablando de él, citándolo, pero siempre estará manipulado por el poder, no importa qué partido haya obtenido el triunfo. Lo hizo, además, a causa de un hombre sin grandes ideas ni proyectos, carente de ideología, pero carismático, como se ha podido probar en esta República de larga ausencia democrática.

Votamos, como ejemplo, por Calderón y por Ebrard. Es un acto democrático. Pero sus resultados han sido pobres. Según datos oficiales recientes de la Auditoria Superior de la Nación, los delitos crecieron 300%. La cuenta pública entregada por el Presidente a los diputados, muestra que la cifra de pobres aumentó y el combate contra el narcotráfico es un desastre. El DF no está mejor, es un escenario cinematográfico que trata de ocultar la miseria, el narcotráfico y la enorme corrupción. ¿Qué hace el ciudadano para superar los desatinos? No mucho. En el DF los comités ciudadanos son manipulados con descaro.

La conclusión de Bovero, quien no se refiere a México, es que las reglas electorales se aplican, pero no producen democracia. Necesitamos nuevas armas para defensa de la sociedad. ¿Quién va a proporcionarlas? ¿El Estado? Pues no. Se requiere una enérgica decisión popular para gozar de plena democracia, vivir en libertad y con la capacidad de orientar el rumbo. Ningún partido mueve un dedo al respecto. Pensamos, incluso, que hay partidos con diferentes opciones; falso de toda falsedad: todos son iguales y seguimos siendo ingenuos o voluntariamente esclavos.

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