La candidatura deshauciada
MILENIO Por: Juan Gabriel Valencia 18/02/12
No es una mera anécdota la candidatura de Gabriel Quadri por el Panal a la Presidencia de la República. En 2006, aunque ese partido no tuvo en la elección presidencial el peso con el que la maestra extorsionó al Presidente y al país, tuvo el tino de postular a un ex funcionario del PRI sin cola que le pisaran y político profesional independiente, si cabe, en la figura de Roberto Campa. Ni manera. Hay que reconocer que fue un acierto. Con un perfil diferente aciertan de nuevo. A pesar de una efímera y discutible carrera pública, Quadri es un tipo articulado. Incidirá en la agenda de la discusión de la campaña presidencial, sin que desde un punto de vista de votos signifique nada. Pondrá presión a que piensen muy bien los otros tres antes de pronunciarse sobre algunos temas y para que se documenten sobre sus ofertas de campaña. En ese terreno no tienen una buena imagen. Josefina Vázquez Mota podría dar un curso de historia de las ideas innatas, Peña Nieto carga con el estigma del tropiezo en Guadalajara, López Obrador llama a la República amorosa y describe en público adónde irá a parar después de su derrota (a la chingada dice en pocas palabras). Si se toma en serio y con rigor, Quadri podría ser la sal en la herida de este proceso electoral de inicio pervertido, a pesar de que sea la maestra y que diga que no la conoce.
Para las izquierdas y liberales de este país, que son muchos más que lo que el espectro electoral revela, esta semana puede haber sido un verse en el espejo y a la vez un filicidio fundacional.
Al margen de la franqueza de las declaraciones de Andrés Manuel López Obrador, cometió dos errores tácticos en lo inmediato. Primero, un candidato que a sí mismo se cree competitivo nunca se plantea y menos en público su escenario personal después de la derrota. Eso se construye ante hechos consumados. Después, no antes. En segundo lugar, no se puede declarar a sí mismo muy cansado sin que la campaña formal haya iniciado. Podría hacerlo público si después de casi seis años de campaña estuviese de puntero en las encuestas como resultado del esfuerzo de esa campaña extralegal que realizó desde 2006 hasta la fecha, e ilegal en más de un sentido. Seis años para estar ubicado en un sólido e irreversible tercer lugar. No hay manera de revertir la ventaja que le lleva Enrique Peña Nieto y que con seis meses de precampaña ya lo supera Josefina Vázquez Mota. Se aplaude el esfuerzo de casi seis años, pero la vida es de resultados en términos de los objetivos que uno se ha puesto en la mira. Y López Obrador es un fracasado y un perdedor. No es insidia reiterar lo del cansancio y lo del lugar de su retiro político. Antes de esas declaraciones, por lo menos desde hace dos semanas, estaba el rumor en todas partes respecto de la preocupación por su estado de salud. Eso podía haber sido insidia, pero la declaración de AMLO a posteriori es más que insidia. Genera elementos para la elaboración de una conjetura.
Peor, o mejor aún, como quiera verse, en reacción a las fallidas declaraciones, Marcelo Ebrard dice: “Yo estoy joven y sí llegaré entero a 2018”. Ebrard es reflexivo y calculador en todo lo que dice y en el interlineado de sus dichos. Su declaración deriva por necesidad en una inferencia complementaria: López Obrador llega al 2012 hecho pedazos. Eso es lo que dijo Ebrard y que cualquier lógico lo desmienta.
No le bastó a Ebrard. Declaró que AMLO no debe ir tan lejos (como irse a su finca y/o a la chingada), sólo a casa. Marcelo Ebrard ya se erigió públicamente más que como aspirante legítimo al 2018, como líder, vaya uno a saber si indispensable, pero sí imparable, de la centro-izquierda mexicana a partir del 2013, gane quien gane del PRI o del PAN el próximo 1 de julio.
Ebrard tiene el oficio para aglutinar en un nuevo planteamiento y redefinición a las llamadas y autollamadas izquierdas mexicanas, a los liberales sin partido y sin militancia, pero que aspiran a una configuración organizacional, política e ideológica de corte europeo. Con su declaración de que “sólo a casa”, Ebrard asume públicamente la derrota de López Obrador y la responsabilidad, si es que su entorno personal y la ambición no lo corrompen, del mejor liberalismo mexicano a partir de 2018, cuando, entonces sí —ojalá con éxito y logros—, el ciclo del PRI haya concluido.


