La basura de nuestra democracia
MILENIO Por: Carlos Tello Díaz 16/02/12
En agosto de 2010 fue publicada en la Gaceta Oficial del DF la Ley de Publicidad Exterior del Distrito Federal, cuya definición de propaganda electoral es similar a la del reglamento. El artículo 2, al enumerar los principios de la ley, afirma lo siguiente: “La publicidad exterior desordenada y la saturación publicitaria provocan contaminación visual. La contaminación visual es la alteración del paisaje urbano provocada por factores de impacto negativo que distorsionan la percepción visual del entorno e impiden su contemplación y disfrute armónico en detrimento de la calidad de vida de las personas. Toda persona tiene derecho a percibir una ciudad libre de estímulos publicitarios y, en general, de todo agente contaminante”.
Pero la autoridad no hace valer la ley, entre otras razones porque está formada por políticos que la violan sistemáticamente en tiempos de elecciones. Ignoro cuántas toneladas de basura (y estamos apenas en las precampañas…) inundan hoy las calles de la capital de México. Sé, por un reportaje, que en las elecciones de 2003 el Gobierno del DF gastó cerca de $13 millones de pesos para retirar alrededor de 60 mil toneladas de basura electoral de las calles de la ciudad de México (“La basura de nuestra democracia”, Arcana, julio de 2003).
Por eso me intrigó saber qué dice al respecto el Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales (Cofipe). El artículo 236 afirma esto: “En la colocación de propaganda electoral, los partidos y candidatos observarán las reglas siguientes:… 1. c) Podrá colgarse o fijarse en los bastidores y mamparas de uso común que determinen las Juntas Locales y Distritales del Instituto… 3. Los bastidores y mamparas de uso común serán repartidos por sorteo en forma equitativa de conformidad a lo que corresponda a los partidos políticos registrados”. ¿Qué son esos bastidores y mamparas? Lo consulté con amigos que trabajaron en el IFE. Nadie lo tiene claro.
En otros lugares sí. En Francia, por ejemplo, donde viví la elección presidencial de 2007, resultaba claro cuáles eran esos bastidores y mamparas. Apenas dos semanas antes de la elección empezaron a ser vistas en las ciudades las fotos de los candidatos. Estaba prohibido pegarlas a los muros de los edificios o colgarlas de los balcones o de los postes de luz. Tenían un espacio reservado y restringido: las mamparas de metal que la autoridad situó temporalmente sobre algunas, muy pocas, aceras de la ciudad. Fueron pegados con pegamento reciclable más o menos un millón de affiches en las ciudades de Francia. ¿Cuántos carteles fueron colocados, en todos los sitios imaginables, durante la elección de 2006 en México? ¿Cuántos más serán fijados en la elección de 2012? Quién sabe. En Francia, el affichage fue responsabilidad de una sola empresa, que puso en acción a mil afficheurs, responsables a su vez de retirar los carteles de las calles una vez terminada la elección. Aquí es la autoridad la que los tiene que remover, no los responsables de la contaminación (el artículo 7 de la Ley de Publicidad Exterior del Distrito Federal faculta a las delegaciones para, dice, “retirar directamente los bienes considerados por las leyes como bienes abandonados, tales como lonas, mantas y materiales similares que contengan anuncios de propaganda adosados a los inmuebles”).
Durante un viaje de varios meses por la Selva Lacandona recorrí, uno por uno, los ejidos de la región de Marqués de Comillas. Todos estaban infestados de basura, salvo uno: Reforma Agraria. En Reforma Agraria la autoridad había tomado dos decisiones muy sencillas, que habían elevado considerablemente la calidad de vida de la población: una fue poner basureros en las calles, para mantenerlas limpias, y la otra fue sembrarlas con zacate, para evitar las tolvaneras y los lodazales.
La calidad de nuestra ciudad, y de nuestra democracia, sería mejor si la autoridad hiciera respetar las leyes que promulga para protegernos de la contaminación ambiental.


