21 Jun
2010
CRÓNICA René Avilés Fabila (Opinión) 21/06/10
Era previsible. Tardó un poco, pero al fin Marcelo Ebrard cometió el obligado parricidio con Andrés Manuel López Obrador. El pretexto fue banal, mejor dicho, pueril. Marcelo, al buscar la candidatura presidencial del PRD, está haciendo hasta lo imposible por llamar la atención y a tres años de iniciada su administración decide continuar lo que llamamos segundos pisos. Obra que, según declara el primero, el segundo dejó inconclusa. La polémica ha sido apagada en los medios debido al futbol, a una serie de decesos de intelectuales y, obviamente, a los escándalos políticos que se suceden con verdadero tedio.
Lo curioso es que la polémica que abre las puertas del parricidio tan anhelado por Ebrard sea provocada por algo que es exactamente lo mismo. Me explico. López Obrador, para aumentar su popularidad en el DF, su principal fuente de recursos humanos y económicos, decidió mandar construir el segundo piso, una tarea monumental, innecesaria por dos razones. La primera, porque sólo favorece a los automovilistas y no a los pobres que carecen de coche. La segunda, porque es la obra pública en gran escala la que permite obtener dineros extras para solventar campañas. En este punto, AMLO mostró que su devoción es por el poder, no por una determinada ideología. Si realmente pensara en los pobres, hubiera creado un excelente sistema de transporte público. Al Metro, por ejemplo, no le metió dinero más que para el obligado mantenimiento. No creció ni mejoró.
Ahora, a distancia, más metido en el PT y en una extraña campaña que le hace caminar por veredas retorcidas, López Obrador le recomienda a su heredero Marcelo que suspenda las obras porque no son socialmente aceptables. Ebrard reacciona diciendo algo que jamás se atrevió a decir cuando era su empleado consentido: “La Supervía va, no dejaré obras inconclusas”. La intención lleva muchas aristas. AMLO en efecto no acabó de construir el segundo piso, eran obvias sus intenciones de manejarlo como un golpe publicitario. Nunca buscó soluciones para la ciudad capital, sino notoriedad de gran alcalde, cuando en realidad fue un formidable demagogo.
Marcelo comenzó como fiel soldado del caudillo. Poco a poco la situación fue cambiando. Pero si a López Obrador se le daban consignas como primero los pobres, a Marcelo Ebrard se le nota el afecto por el neoliberalismo. Finge izquierdismo para impresionar ingenuos. Dentro del tortuoso mapa político del PRD, PT y Convergencia, trata de maniobrar como estadista (que no lo es) para que al menos dentro del primer partido lo elijan candidato presidencial. Para ello hace esfuerzos por eliminar a su principal enemigo: AMLO. Por tal razón, ya dentro del PRD capitalino, muchos criticaron la petición del líder tabasqueño, que parece abogar por las barrancas de las delegaciones Álvaro Obregón y Magdalena Contreras. Con rigor, es un asunto político-electoral, a ninguno de los dos les importa el impacto ambiental en el DF. La mejor prueba es que sus respectivas dependencias ecológicas han sido manejadas con criterios políticos, en ningún caso pensaron en salvar la escasa vegetación que nos resta.
La llamada Supervía Poniente ha sido criticada por personas serias como el doctor José Sarukhán, ex rector de la UNAM. La pasada semana especialistas de esta institución educativa y de la UAM, en nuestro diario, opinaron que provocará daños irreversibles. En cambio, en el gabinete de Marcelo Ebrard todo son justificaciones baratas, al final le conceden la razón al automóvil en una ciudad asfixiada, víctima de un brutal crecimiento, de una clara ausencia de política integral. Ebrard dice que tiene planes para contrarrestar el cambio climático, lo que es falso. Por todo el DF hay una evidente destrucción en las zonas de reserva ecológica, aquí mismo hemos señalado que en Tlalpan instalan gasolinerías en suelo donde pueden contaminar el agua de los capitalinos y los bosques en lugar de protegerlos como zonas de conservación y recarga de mantos acuíferos, son utilizados para toda clase de festejos, como si fuera el Zócalo, el que ha sido convertido en una plancha de diversión para ganar votos.
El intercambio de opiniones y discretos reclamos entre AMLO y Marcelo no son para que el DF mejore, sino una primera parte de la batalla que ambos darán por la candidatura presidencial del PRD, partidos y sindicatos, que se ven a sí mismos como las fuerzas más progresistas del mundo. El asunto es que ninguna de estas organizaciones políticas es de izquierda, son la parte más corrupta del país. Dicen serlo para comprar el voto de millones de mexicanos que sobreviven con lo necesario. Por fortuna, la ciudadanía ha descubierto la maniobra y los demagogos van en declive por más que sigan en el tortuoso camino de las alianzas con el PAN de Felipe Calderón. Ni siquiera esta táctica desesperada, que los pinta de cuerpo entero, les devolverá el peso que tuvieron. Lo peor del caso es que podrían perder la capital ante sus propios socios: los panistas.
Más info:
http://www.cronica.com.mx/notaOpinion.php?id_nota=513934
Brenda Herrera escribe "La suerte de Marcelo": http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/48785.html
Joel Ruiz escribe "La zancadilla a MEC": http://www.cronica.com.mx/notaOpinion.php?id_nota=513878