¡Buzos, ciudadanos, vienen elecciones en el DF!
La importancia de señalar ahora lo anterior reside en que ya se ha iniciado el proceso para llevar a cabo los comicios y que, únicamente del 5 al 12 de septiembre, los vecinos interesados en participar en la elección deben registrar sus “Fórmulas” (planillas) ante el Instituto Electoral del DF, bajo cuya coordinación se realiza este proceso electoral. Después vendrá un período del 7 al 20 de octubre, para que los integrantes de las “Fórmulas” realicen, con sus propios recursos, acotadas campañas proselitistas, “respecto a sus proyectos y propuestas para mejorar su entorno”, con las importantes prohibiciones de “no utilizar recursos públicos o de partidos políticos”, “no hacer alusión a siglas o denominaciones de partidos políticos” y “no utilizar nombre, imagen o cualquier alusión religiosa”. La democracia participativa en el Distrito Federal no es por cierto ejemplar, pues tenemos innumerables ejemplos de las decisiones autoritarias de los gobernantes de la ciudad, que pasan fácilmente por encima de los intereses ciudadanos, en aras de otorgar ventajas ilegítimas a grupos partidarios o corporativos, o contratos multimillonarios a empresas constructoras o gestoras de programas urbanos. Sin embargo, los habitantes del Distrito Federal debemos aprovechar cualquier resquicio que se abra para que cada vez más sean atendidas las voces del interés general de la ciudad, por lo que se hace relevante la elección de Comités Ciudadanos o Consejos de Pueblos no partidistas en la elección del 24 de octubre, a fin de sacar el máximo rendimiento, con ese objetivo, a la Ley de Participación Ciudadana. Esta ley, además, contempla otros instrumentos importantes de participación ciudadana, como el plebiscito, el referéndum y la iniciativa popular; reconoce personalidad a las organizaciones de ciudadanos que actúan sin intereses de lucro a favor de la ciudad y propicia la elección de representantes de manzana coadyuvantes de los Comités Ciudadanos, aunque, claro, no escapa la ley al vicio generalizado de nuestro sistema jurídico e institucional: su excesivo alambicamiento o partes redactadas mañosamente, lo que da muchas veces al traste con las mejores intenciones del legislador. Aun así, me atrevo a decir que el reforzamiento efectivo y sustancial de la participación de los habitantes de esta urbe “en las decisiones públicas, en la formulación, ejecución y evaluación de las políticas, programas y actos de gobierno” sería de mucha mayor importancia para su bienestar que el nuevo tema fantoche de la “reforma política del DF” que el jefe de gobierno, Marcelo Ebrard, ha inventado para “poner fin a la opresiva intromisión federal en los asuntos de la ciudad” y darle a ésta una constitución. ¡Vaya, hasta el nombre oficial de Distrito Federal disgusta a Ebrard!, pero no se crea que con una verdadera intención democratizadora, como bien ha señalado Arnaldo Córdova (La Jornada, 16ag10): “En el DF, seguir pensando, como lo han hecho nuestros gobernantes perredistas, que es mejor que seamos una alcaldía grandota y pueda gobernarse como tal (idea de la senadora María de los Ángeles Moreno) es negar su democratización y, también y sobre todo, su conversión en una entidad con plenos derechos, si no le damos a sus ciudadanos el derecho a elegir plenamente a sus gobernantes, locales y federales, y, ante todo, a autogobernarse”.
Sí, el derecho de los ciudadanos a autogobernarse, que no es tomar el gobierno en sus manos sino tener la seguridad plena de que los funcionarios electos para los altos cargos de gobierno en esta ciudad responden efectivamente a las aspiraciones y necesidades de sus habitantes, y que rinden cuentas puntuales al respecto. Si así fuera actualmente, si los habitantes de esta ciudad influyéramos verdaderamente en las decisiones públicas, seguramente nunca hubiéramos aprobado la vía fácil seguida por el GDF de gobernar “por proyectos”, es decir, de contratar con poderosas empresas privadas la realización de grandes obras de “su” conveniencia, y asignar a ellas multimillonarias partidas presupuestales, presentes o futuras (comprometiendo en este último caso las finanzas de la ciudad en próximos años), sin importar que esas obras no sean de relevancia para los habitantes de esta metrópoli y no estén encuadradas en una planeación adecuada para la sustentabilidad de la misma en el mediano y largo plazos. Bueno, los ejemplos están a la vista: la Autopista Urbana, que incluye la Supervía Poniente y los Segundos Pisos del Periférico, costosísimas obras sobre las cuales el inefable secretario de Obras capitalino Fernando Aboitiz afirmó que, cuando se concluyan —la última etapa se prevé inaugurarla en 2012—, “la ciudad de México habrá abatido el rezago en materia de infraestructura vial e, incluso, irá cinco años por delante”. Pues será más bien veinte años atrás, pues en las metrópolis avanzadas del mundo hace décadas se abandonaron los viaductos elevados por las innumerables desventajas en materia de costo, de impacto ecológico, de deterioro de la perspectiva visual de las urbes, de la caída en la habitabilidad y del valor de las casas a lo largo de esas vías. Aboitiz presume también que con esas obras “se devolverá gran parte de la movilidad a los automovilistas en la ciudad de México”, lo que va totalmente en contra de la experiencia que expertos en la materia han registrado al respecto, por ejemplo Tom Vanderbilt, que dedica todo un capítulo de su libro Traffic (Alfred A. Knopf, 2008) al tema de por qué la construcción de más viaductos o supervías lleva a un mayor tráfico. Mejorar verdaderamente el pésimo flujo vehicular en la ciudad de México requeriría no una “administración por grandes proyectos” sino estudios detallados, cuidadosos de los movimientos vehiculares en toda la red de avenidas y calles de la ciudad, y la aplicación de tecnologías avanzadas ya disponibles. Pero, ¿sabe usted?, eso cuesta mucho trabajo. ¿Y qué decir del “costo de oportunidad” de los muchos miles de millones de pesos que se dedican a esas grandes y superfluas obras?, es decir, todo lo que ganaríamos los habitantes de esta ciudad si esos recursos se aplicaran a un verdaderamente efectivo sistema de transporte público (¡también aquí el GDF intenta meter a una gran empresa, la ADO, porque le es más fácil que lidiar con cientos de transportistas); o que parte de esos dineros se dedicaran a reparar las destruidas carpetas asfálticas de la mayoría de calles de esta urbe. O que se hubiera ya diseñado y puesto en operación un sistema de captación de los torrentes de agua de lluvia que aquí caen, y así evitar la crisis que se avecina en el abasto de agua; o que se hubiera ya establecido un sistema bien operado de disposición de basuras y de residuos peligrosos; o que se defendieran de manera efectiva los suelos de conservación, las áreas protegidas y se castigaran ejemplarmente las violaciones al uso de suelos. Aunque no lo parezcan a algunos, todos estos temas son cercanos a la acción ciudadana organizada, y por eso es muy importante que estemos muy pendientes de las elecciones de Comités Ciudadanos del 24 de octubre, cuyo registro de planillas está fijado del 5 al 12 de septiembre. Sin embargo, da la impresión de que al gobierno de la ciudad ese proceso no le interesa mayormente, pues la Secretaría de Finanzas del GDF se está haciendo remolona y no le libera al Instituto Electoral del Distrito Federal los recursos necesarios para que garantice la elección vecinal, a pesar de múltiples solicitudes al respecto. “La tardanza en la respuesta nos está generando un conflicto muy severo en el Instituto”, dijo la consejera presidenta Claudia Zavala, y todavía no se sabe con qué empresa se mandarán a imprimir las boletas electorales y la papelería correspondiente, y la difusión del evento está muy atrasada. De todas maneras, ciudadanos del DF, es necesario que estemos muy pendientes de este ejercicio de democracia.
Nunca podremos ser buenos municipalistas y serios demócratas si no incluimos en la reforma política el tema del autogobierno de las comunidades de todo el país. En el DF, seguir pensando, como lo han hecho nuestros gobernantes perredistas, que es mejor que seamos una alcaldía grandota y pueda gobernarse como tal (idea de la senadora María de los Angeles Moreno), es negar su democratización y, también y sobre todo, su conversión en una entidad con plenos derechos, si no le damos a sus ciudadanos el derecho a elegir plenamente a sus gobernantes, locales y federales, y, ante todo, a autogobernarse. A Encinas se lo dije: desde el gobierno, los perredistas se volvieron priístas, pues piensan que sólo centralizando el poder se puede gobernar a esta gran urbe.Nuestros gobernantes perredistas lo han hecho muy bien; pero no me gusta que piensen antidemocráticamente. Me gustaron los dos primeros gobiernos elegidos. Me preocupa el de Ebrard, en primer término porque la vieja corrupción priísta ha vuelto, sobre todo, a nivel delegacional. Se volvieron a hacer presentes vicios como la mordida y el influyentismo. Todo deberemos cambiarlo con una auténtica reforma política del DF.La Reforma Constitucional del D.F.: http://www.jornada.unam.mx/2010/08/16/index.php?section=politica&article=...


